Ella lo vio entrar, sabiendo muy bien que él puso los ojos en blanco al momento de estar de espaldas a ella. Esto la divertía y se volvió hacia el baño de mujeres. Y vio la señal de Fuera de Servicio.

– Diablos-.

Ella considero sus opciones. Aguantarse hasta que Pete saliera, entonces aguantar un poco más mientras conseguían los perros y las bebidas, – porque de lo contrario el gemiría y se pondría de mal humor – y luego, recorrer el camino al otro baño.

O… Tal vez podría simplemente echar una mirada. Seguramente no todos los puestos estaban fuera de servicio. Sólo necesitaba uno.

Abrió la puerta apresuradamente. No quería dejar solo a Pete durante mucho tiempo.

Dio la vuelta a la línea de los lavamanos, en su mente pensaba en conseguir la comida y regresar rápido para ver cuando entraban en Staten Island.

Se detuvo en seco, sus extremidades congeladas en estado de shock. Sangre, pensó ella, sólo podía pensar en que había mucha sangre. La mujer en el suelo parecía bañada en ella.

El hombre de pie sobre el cuerpo tenía un cuchillo todavía goteando en una mano y un aturdidor en la otra.

– Lo siento-, dijo él, y en su sorprendida mente, parecía sincero.

Mientras Carolee aspiraba el aire para gritar, dio un paso para girarse, y él disparo el aturdidor.

– Realmente lo siento mucho-, dijo cuando Carolee cayó al suelo.


Corriendo a través del puerto de Nueva York en un turbo no era cómo la Teniente Eve Dallas esperaba pasar su tarde. Había actuado como ayudante esa mañana, con su compañera como primaria, en el desafortunado fallecimiento de Vickie Trendor, la tercera esposa del impenitente Alan Trendor, quien le había destrozado el cráneo con una botella barata de chardonnay de California.

Según el nuevo viudo, no era exacto decir que él la había golpeado hasta sacar su cerebro, cuando simplemente no había tenido algo de cerebro para empezar.



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