
Mientras que el fiscal y el abogado de la defensa elaboraban un acuerdo de culpabilidad, Eve había hecho un hueco en trabajo administrativo, discutió la estrategia con dos de sus detectives en un caso en curso y felicitó a otro por cerrar uno. Un muy buen día, según su valoración.
Ahora, ella y Peabody, su pareja, corrían sobre el agua en un barco – que consideraba como del tamaño de una tabla de surf – hacia el casco de color naranja de un ferry detenido a mitad de camino entre Manhattan y Staten Island.
– ¡Esto es absolutamente magnifico!- Peabody estaba cerca de la proa, su rostro de mandíbula cuadrada levantado al viento, su corto cabello, agitándose al vuelo.
– ¡Jesús, Dallas!- Peabody bajo sus gafas de sol hasta su nariz, dejando al descubierto sus encantadores ojos marrones.
– Conseguimos un paseo en barco. Estamos en el agua. La mitad del tiempo uno se puede olvidar que Manhattan es una isla. -
– Eso es lo que me gusta de ella. Hace que te preguntes, ¿por qué no se hunde? Con todo ese peso… los edificios, las calles, la gente. Debería hundirse como una piedra.-
– Vamos.- Con una sonrisa, Peabody empujó las gafas en su lugar. -La Estatua de la Libertad-, señaló. -Ella es lo mejor-.
Eve no se lo discutiría. Ella estuvo a punto de morir en el interior del monumento, combatiendo a terroristas radicales empeñados en volarla. Incluso aun, mientras miraba sus líneas, su esplendor, veía a su marido, sangrando, y aferrándose a un saliente de su cara orgullosa.
Habían sobrevivido a eso, se dijo, y Roarke había desarmado la bomba, salvando el día. Los símbolos importaban, y debido a que habían luchado y sangrado, la gente podría traquetear en el ferry todos los días y tomar sus fotos de la libertad.
Eso estaba bien, eso era el trabajo. Lo que ella no entendía era porque Homicidios tenía que salir de la isla debido a que los policías del Departamento de Transporte no podían encontrar a un pasajero.
