Solían apodarlo Big Red, como al chicle. Cuando su padre vivía, siempre le abría la puerta a su madre. Los viernes por la noche, cuando sus padres volvían de cenar, Big Red ponía uno de los discos de Frank Sinatra y a veces bailaba con su madre, muy pegado a ella, mientras tarareaba sus melodías favoritas.

– Hazme caso, Mel, es todo puro teatro -dijo Stacey-. Razón de más para que dejes de ser tan tímida. Si sigues así, se aprovecharán de ti a todas horas, te lo prometo.

Entonces Stacey se lanzó a dar otra de sus peroratas sobre chicos y sobre los trucos que empleaban para engañarte y conseguir así que les dieras lo que buscaban. Darby entrecerró los ojos, apoyó la espalda contra un árbol y miró a lo lejos, hacia la grande y reluciente cruz de neón que daba a la carretera 1.

Mientras apuraba la cerveza, Darby observaba el tráfico que circulaba por ambos carriles de la carretera y pensaba en la gente que viajaba en esos coches: gente interesante con vidas interesantes a punto de hacer cosas interesantes en lugares interesantes. ¿Cómo conseguía una ser interesante? ¿Era una cualidad con la que se nacía, como el color de pelo o la altura? ¿O era Dios quien decidía por ti? Quizá Dios elegía quién era interesante y quién no, y una tenía que vivir con lo que se le asignaba.

Pero cuanto más bebía Darby, más fuerte y clara oía aquella voz interior que le decía que ella, Darby Alexandra McCormick, estaba destinada a cosas mejores: tal vez no a la vida de una estrella de cine, pero sí algo sin duda más importante y trascendental que el universo Palmolive de su madre: un mundo de limpieza, cocina y cupones descuento. La mayor afición de Sheila McCormick era la búsqueda ávida de gangas en las rebajas.

– ¿Habéis oído eso? -susurró Stacey.

Crac, crac, crac. Ruido de pasos que aplastaban hojas secas y ramas.

– Será un mapache -susurró Darby.

– No me refiero a las ramas -repuso Stacey-, sino al llanto.



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