Darby bajó la lata de cerveza y asomó la cabeza al otro lado de la pendiente. El sol se había puesto hacía ya un rato; lo único que vio fue la difusa silueta de los troncos de los árboles. El rumor de pasos se intensificó. ¿Había alguien allí?

De repente el rumor cesó y todas oyeron la voz de la mujer, débil pero clara:

– Déjame ir, por favor. Juro por Dios que no le diré a nadie lo que has hecho.

Capítulo 2

– Llévate el monedero -dijo la mujer del bosque-. Hay trescientos dólares. Te conseguiré más dinero si es eso lo que quieres.

Darby agarró a Stacey del brazo y tiró de ella hacia la pendiente. Melanie se acurrucó a su lado.

– Lo más probable es que se trate de un atraco, pero él podría llevar un cuchillo. O una pistola -susurró Darby-. Ella le dará el bolso, él se largará y fin del asunto. Así que lo mejor es que no nos movamos.

Mel y Stacey asintieron.

– No tienes por qué hacerme esto -dijo la mujer.

Darby sabía que tenía que sobreponerse al terror que sentía y volver a mirar por encima de la pendiente. Cuando llegara la policía a hacerle preguntas quería ser capaz de recordar todo lo que había visto y oído, cada palabra, cada sonido.

Con el corazón latiéndole desbocado asomó la cabeza por encima de la pendiente y miró hacia el tenebroso bosque. Su nariz rozó briznas de hierba y hojas secas.

La mujer rompió a llorar.

– Por favor. Por favor, no.

El asaltante susurró algo que Darby no pudo oír. «Están tan cerca…», pensó ella.

Stacey había decidido echar un vistazo. Se acercó a Darby.

– ¿Qué está pasando? -susurró Stacey.

– No lo sé -dijo Darby.

Un vehículo ascendía por la carretera 86. Los faros formaban un par de extraños círculos blancos que se movían entre los troncos de los árboles y oscilaban a causa del terreno inclinado lleno de baches, rocas, hojas y ramas partidas.



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