– Estoy a tus órdenes, primo. -Richard le hizo una reverencia-. ¿Qué tal si jugamos unas cuantas partidas de billar antes de que tenga que regresar al cuartel? Y, tal vez -añadió con picardía-, ¿podríamos hacer una pequeña apuesta?

– ¿Ya has acabado la paga del mes, primo?

– Culpa a las damas, Fitz. ¿Qué puede hacer un hombre pobre? ¡La fragilidad natural, ya sabes!

Después de «unas cuantas partidas de billar», Darcy descubrió que su bolsillo se sentía más liviano, mientras la sonrisa de su primo se volvía más amplia. Aunque, por el bien de Richard, hizo muchos aspavientos por lo que había perdido, no le molestaba en absoluto desprenderse de las guineas que le ayudarían a terminar el mes con tranquilidad. Darcy sabía que su primo era extremadamente generoso con los hombres, unos muchachos, en realidad, que tenía bajo sus órdenes, en particular con los que eran hijos segundones, igual que él. El coronel los cuidaba casi como una gallina clueca, asegurándose de que escribieran a casa, rescatándolos de los líos en que se metían y convirtiéndolos en verdaderos modelos de la Guardia Real. Pero todas esas tareas traían consigo unos gastos que su paga regular no siempre podía cubrir sin limitar sus actividades privadas. Pedirle a su padre dinero extra no era algo que a su primo le gustara hacer con frecuencia. Por eso, Darcy siempre ponía a su disposición su palco para las cosas que les interesaban a los dos, como el teatro y la ópera, y las apuestas ocasionales en una partida de billar o de cartas suministraban los fondos para aquellas que no compartían. Este arreglo nunca fue oficial entre ambos, desde luego, pero se daba por descontado, y los fondos necesarios pasaban generosamente de la mano que los perdía a la que los recibía con gratitud.



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