Se anunció la lectura de la primera Escritura de la mañana y Darcy abrió el libro de oraciones en la página señalada.

«Con nadie tengáis más deuda que la del mutuo amor. Pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley…».

El sonido de los tacones de unas botas y el tintineo de una espada enfundada resonaron detrás de Darcy, distrayéndolo del texto. Al instante, fue empujado hacia el centro del banco por un hombre ataviado con una casaca roja.

– ¡Dios mío, qué tiempo tan horrible! Pensé que te quedarías en casa hoy. Necesito hablar contigo -susurró el coronel Richard Fitzwilliam al oído de su primo.

– ¡Silencio! -susurró Darcy de manera tajante, medio divertido y medio mortificado por la irreverencia característica de Richard. Luego hundió en el brazo de su primo una esquina del libro de plegarias, hasta que éste se rindió y lo tomó en sus manos-. ¡Mira… lee!

«… todos los demás mandamientos, se resumen en uno: amarás a tu prójimo como a ti mismo…».

– ¡Maldición, Fitz! ¿Te parece que esto es «amar a tu prójimo»? -Fitzwilliam lo miró con gesto de reproche, mientras se frotaba el brazo dolorido.

– ¡Richard, modera tu lenguaje! -murmuró Darcy-. Sólo lee… Aquí. -Señaló el lugar exacto y Richard inclinó la cabeza para poder leer, con una sonrisa en el rostro.

«… Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de desenfreno o embriaguez…».

– Eso deja fuera al ejército -señaló Richard de manera cómica, torciendo la boca-. A la marina también.

«… nada de lujuria y libertinaje…».

– Ahí va la nobleza.

– ¡Richard! -exclamó Darcy con voz amenazante.

«… nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias».



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