
– Eso último acaba con toda la clase alta. -Richard miró por encima del hombro-. Pero como no hay nadie en la iglesia, hasta aquí llega el sermón.
Darcy entornó los ojos y luego le dio un pisotón a su primo. Como recompensa por esa forma de estimular la piedad, Darcy recibió un codazo en el costado.
Los dos hombres se sentaron y Darcy se separó un poco de Richard. Otra sonrisa traviesa cruzó por el rostro del coronel y los dos dirigieron su atención al sermón del reverendo basado en el Evangelio de san Mateo, capítulo 21.
Cuando el buen reverendo llegó al pasaje en que el pueblo de Jerusalén comienza a extender mantos y ramas por el camino, Richard se deslizó un poco en el banco con los brazos cruzados y adoptó una postura que bien podía tomarse por una siesta. Darcy movió las piernas, puso las botas más cerca de los calentadores y trató de prestar atención al sermón, que se había alejado del texto y ahora derivaba al campo del discurso filosófico. Era más o menos el mismo tipo de llamamiento a la racionalidad y la moralidad de los intereses personales que Darcy había oído en innumerables ocasiones. El reverendo se lamentaba por la «debilidad de la naturaleza humana», mientras que apenas mencionaba las «caídas ocasionales y las sorpresas» de las pequeñas transgresiones de las cuales el hombre era heredero y que obedecían a la «fragilidad natural» que residía en el corazón de los hombres.
¡Fragilidad natural! Darcy se estremeció al oír aquella expresión que le resultaba tan familiar y se miró la punta de las botas, con los labios apretados en un gesto inflexible, mientras trataba de imponerle ese apelativo a sus propias experiencias a manos de cierta persona. Semejante ejercicio se vio traducido en una serie de implicaciones indeseadas. ¿Acaso debería aceptar dócilmente que la explicación -no, en realidad, la excusa- del comportamiento injurioso que George Wickham había tenido con su hermana Georgiana y con él mismo era la «fragilidad»? ¿Se esperaba que compadeciera a Wickham por su debilidad y lo ayudara? Un resentimiento tan amargo como frío volvió a encenderse en su pecho y comenzó a escuchar las palabras del reverendo con un oído más crítico.
