Ah, sí, sus invitados, todos estarían dormidos, confortablemente acurrucados en sus camas. Unas camas calientes y secas. Afortunados diablos.

Parpadeó para aclarar la lluvia de los ojos, luego intentó olvidar la punzada de envidia que lo invadió y clavó de nuevo la pala en la tierra.


– Atención, por favor, prestad atención. Se abre la sesión.

La emoción atravesó a Sarah Moorehouse de la cabeza a los pies cuando dijo con suavidad las palabras que tanto había esperado pronunciar. Estaba de pie al lado de la chimenea de mármol del dormitorio de invitados que le había correspondido en la hacienda de lord Langston, el calor del fuego que ardía en la chimenea se filtraba por la fina bata de algodón y el camisón. Las sombras titilaban en la estancia, pareciendo aún más amenazadoras por los relámpagos, los truenos y la lluvia que golpeaba con fuerza las ventanas oscuras.

Era la noche perfecta para hablar de monstruos.

Y de asesinatos.

Lentamente se acercó a la cama, deslizando la mirada sobre las tres mujeres posadas sobre el enorme colchón como palomas en una rama, sus camisones eran de un blanco impoluto y resplandecían bajo las luces danzantes. Lady Emily Stapleford y lady Julianne Bradley la miraban con ojos agrandados y expectantes, rodeándose las rodillas con los brazos. Sarah había tenido sus reservas sobre si las jóvenes conseguirían llevar a cabo el plan de escaparse de sus acompañantes para acudir a esa reunión clandestina, pero habían llegado exactamente a la una de la madrugada. La hora perfecta para proceder.

Sarah intercambió una larga mirada con su hermana mayor, Carolyn.



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