Gracias a su matrimonio, diez años antes, Carolyn había ascendido de posición social, de hija de un simple médico a vizcondesa de Wingate. Pero debido a la muerte de su amado marido, tres años atrás, se había convertido en una afligida viuda con el alma tan destrozada que Sarah se había llegado a preguntar si su hermana se recuperaría alguna vez. El brillo en los ojos azules de Carolyn compensaba cualquier escándalo que sus actividades nocturnas pudieran causar, y Sarah se sentía profundamente agradecida de que a pesar de su pérdida, Carolyn estuviera haciendo un enorme esfuerzo por volver a la vida social.

Tras acomodarse sobre la cama de tal manera que las cuatro mujeres formaron un pequeño círculo, Sarah se ajustó las gafas sobre la nariz, levantó la barbilla y dijo en un tono serio y adecuado para la ocasión:

– Empezaré haciéndoos una pregunta que, dada la naturaleza de nuestro debate, seguramente se nos ha ocurrido a todas: ¿creéis que el doctor Frankenstein es sólo una invención de la imaginación de Mary Shelley o pensáis que es posible que realmente fuera un científico loco que se dedicara a exhumar tumbas y robar restos humanos para crear un monstruo?

Emily, la más atrevida de las compañeras de Sarah, susurró:

– ¿Fue un científico loco? Quizá todavía existe y continúa con su labor. Es posible que Mary Shelley lo conociera y trabajara para él antes de mantener ese escandaloso romance con Percy, ese hombre casado.

Sarah miró a la hermosa lady Emily con la que había entablado amistad hacía cinco años por medio de su hermana. Había congeniado inmediatamente con la inquieta Emily, cuyos ojos verdes solían brillar con travesura y cuya vivaz imaginación sólo era equiparable a la de la propia Sarah. Con veintiún años, Emily era la mayor de los seis hijos de lord y lady Fenstraw. Por culpa del reciente revés en la fortuna familiar debido a la desafortunada inclinación de su padre por las malas inversiones y las caras amantes, Emily no tenía más remedio que casarse pronto y bien.



8 из 298