
Desafortunadamente, sus observaciones de la sociedad habían demostrado a Sarah que el padre de Emily no era el único caballero de su clase cuyas derrochadoras tendencias y falta de perspicacia económica habían tenido tales desgraciadas consecuencias financieras en su familia. Y lo peor era que incluso una chica tan bella como Emily acababa siendo menos atractiva por la falta de dote. Por no hablar de alguien como ella misma -una chica absolutamente carente de fortuna y con la avanzada edad de veintiséis años- para la que la soltería era un hecho inevitable. Lo que por otra parte le convenía, ya que gracias a sus observaciones había llegado a la conclusión de que los hombres sólo daban problemas.
Aclarándose la voz, Sarah dijo:
– El que nos preguntemos si los científicos locos como el doctor Frankenstein existen realmente, es una manera perfecta de empezar el debate sobre el libro de Shelley.
Julianne, la única hija de los condes de Gatesbourne, una de las más ricas familias de Inglaterra, se aclaró la garganta para añadir:
– Si mi madre sospechara que he leído ese libro, se desmayaría al instante.
Sarah se volvió hacia Julianne, observando su profundo sonrojo. Sarah sabía que algunas personas consideraban a la hermosa heredera rubia, fría y altiva; incluso ella misma lo había pensado cuando se conocieron años atrás. Pero rápidamente se había dado cuenta de que más que altiva, Julianne era dolorosamente tímida. Se sometía con docilidad a su arrogante madre, pero Sarah sospechaba que bajo esa apariencia tan perfectamente equilibrada, Julianne ocultaba un espíritu aventurero que anhelaba algo más que un simple paseo por Hyde Park bajo la estricta vigilancia de su dama de compañía, y Sarah estaba determinada a conseguir que su amiga extendiera las alas para volar.
Sarah apenas fue capaz de refrenar su naturaleza franca para no decirle lo bien que podría venirle a su severa madre una buena dosis de sales. Pero simplemente añadió:
