
Cada vez que pensaba en él aumentaba su temperatura. Obligarla a esperar y desaparecer sin devolverle sus cosas ya era bastante desagradable; pero mucho peor era la maniobra sucia y baja que había realizado en el concurso. Ella no veía el momento de atacarlo y decirle que era la más baja de las criaturas.
A las 18:15 se acercó furiosa al televisor y descargó una palmada sobre el botón con intención de apagarlo. No le importaba en absoluto cómo sería el tiempo al día siguiente en Denver. ¡Lo único que deseaba era salir de esa ciudad miserable!
Cuando oyó por fin que llamaban a la puerta, Lisa irguió la cabeza, y suspendió un momento sus paseos de un extremo al otro de la habitación. Después avanzó decidida y abrió con fuerza.
Sam Brown estaba de pie en el umbral, con dos maletas idénticas en las manos.
– ¡Llega tarde! -exclamó ella, mirándolo con ojos sombríos e irritados.
– Lamento haber llegado un poco tarde. Pero he venido en cuanto he podido.
– Bien, eso no basta. ¡Ya he perdido mi vuelo, y mi jefe estará furioso!
– Dije que lo sentía, pero usted es la persona que ha provocado todo este embrollo al llevarse la maleta equivocada del aeropuerto.
– ¡Yo! ¡Y usted! ¿Cómo se ha atrevido a escapar con mi maleta?
– Como he dicho antes, usted se fue con la mía.
Ella rechinó los dientes, y experimentó una frustración tan abrumadora que todo lo vio rojo.
– No me refiero al aeropuerto. Hablo del concurso. Usted me dejó aquí sentada, esperando, sin tener siquiera un cepillo para pasármelo por el cabello, sin ropa limpia para tomar un baño o… -Disgustada, le arrancó la maleta de la mano y la depositó sobre la cama. De nuevo se volvió hacia él y ordenó:
