– Usted tiene que darme algunas explicaciones. Le ruego comience.

Él entró en la habitación, cerró la puerta, dejó la otra maleta en el suelo, miró alrededor y preguntó:

– ¿Me permite?

Después, imperturbable, verificó con cuidado la raya impecable de los pantalones, antes de acomodarse en una de las dos sillas puestas junto a una mesita redonda.

Con las manos en las caderas, Lisa escupió:

– ¡No… usted… no puede!

Pero en lugar de ponerse de pie, él abrió las piernas, apoyó los codos en las rodillas y dejó que las manos le colgaran flojamente entre ellas.

– Escuche, señorita Walker, ha sido un día infernal además…

– Señora Walker -lo interrumpió ella.

Él enarcó una ceja, hizo una breve pausa, y después repitió con paciencia:

– Señora Walker. -Flexionó los músculos del hombro, se masajeó la nuca y continuó-: Ha sido un día muy largo, y yo desearía cambiarme de ropa.

– Usted ha abierto mi maleta -afirmó ella con un gesto hostil, casi incapaz de mantener controlado su temperamento.

– ¿Yo qué?

Ella se inclinó hacia delante e intentó perforar a su interlocutor con sus ojos negros.

– ¡Usted ha abierto mi maleta!

– Caramba, sí, la he abierto. Pensé que era la mía.

– Pero ha hecho algo más que abrirla. ¡La ha revisado!

– ¿De veras?

– ¿Lo niega?

– Bien, ¿y usted? ¿Quiere decir que no ha abierto la mía?

– ¡No cambie de tema!

– Según creo, el tema trata de las maletas y las mujeres que no saben comportarse.

– ¡Que no saben comportarse! -Se acercó un poco más, inclinándose sobre él-. ¡Usted es un delincuente tramposo, un mentiroso! -gritó ella.

– ¿Adónde quiere ir a parar, señora Walker?

– Usted ha abierto mi maleta, ha encontrado mi oferta con el sobre abierto, ha visto que ya tenía todas las firmas necesarias, ha estudiado la propuesta, y ha presentado una oferta mejor que la mía, rebajando solo cuatro mil asquerosos dólares. Después, ha representado el papel del buen samaritano entregando mi sobre en el concurso.



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