
– Ah, por cierto, Harcourt vendrá a cenar esta noche -dijo Audrey, que siempre procuraba avisar a su abuelo por la mañana.
Edward Driscoll solía molestarse mucho cuando se encontraba con algún rostro desconocido, e incluso conocido, a la hora de cenar sin que se le hubiera avisado. Miró a su nieta al oírla mencionar el nombre de su futuro nieto político. No podía creer que Audrey no estuviera celosa. Parecía imposible. Al fin y al cabo, Annabelle tenía sólo veintiún años mientras que Audrey tenía veinticinco y, en opinión de la gente, no era la más guapa de las dos. Procuraba pasar desapercibida, llevaba el cabello recogido hacia atrás y nunca se aplicaba colorete en las mejillas, ni rímel en los ojos ni barra en los labios para acentuar su sensualidad. Nada de todo eso le interesaba. Nunca había tenido ningún pretendiente serio. Hubo algunos a lo largo de los años, pero el abuelo siempre los espantaba. Aunque, a decir verdad, a ella le daba igual porque todos le parecían sedentarios y aburridos. A veces, soñaba con un hombre como su padre, con alma aventurera y pasión por los lugares exóticos, pero jamás había conocido a nadie que fuera así. Y Harcourt tampoco le gustaba, aunque era ideal para su hermana.
– Guapo chico, ¿verdad? -preguntó el abuelo, mirándola en un intento de descubrir algo inexistente, pese a que ella conoció a Harcourt primero e incluso había ido a bailar con él una o dos veces.
