– ¡Tonterías! -contestó el abuelo, haciendo un gesto despectivo con su mano; era republicano de toda la vida.

– Cinco dólares a que sí.

– ¿Sabes una cosa? -dijo Edward Driscoll, entornando los ojos-. A pesar de todos mis esfuerzos, tienes los modales de un camionero.

Audrey Driscoll soltó una carcajada y se levantó. Su bata de raso con las chinelas a juego y los pendientes de brillantes que lucía en los lóbulos de las orejas no eran precisamente cosas muy propias para un camionero. Como el reloj, los pendientes pertenecían a su madre y ella siempre los llevaba.

– ¿Qué vas a hacer hoy, abuelo?

El viejo hacía pocas cosas. Se veía con los amigos, almorzaba en su club, el Pacific Union, y, al volver a casa, hacía la siesta todas las tardes. A los ochenta y un años, se lo tenía bien ganado. En otros tiempos había sido uno de los principales banqueros de San Francisco, pero hacía diez años que se había retirado y ahora llevaba una vida muy tranquila en la que le acompañaban sus dos nietas que pronto se reducirían a una sola. La víspera le confesó a un amigo que la marcha de Annabelle no le importaba demasiado. Era la belleza oficial, pero Audrey tenía más temple. La necesitaba porque con Annabelle jamás había hecho buenas migas. Audrey siempre se interponía entre ambos, más que nada para proteger a su hermana menor. Annie era la chiquilla que Audrey había heredado de su madre, y nunca la dejó en la estacada ni pensaba hacerlo jamás. Quería organizarle una boda por todo lo alto.

Edward Driscoll miró a su nieta a los ojos.

– Me voy al club y supongo que tú y tu hermana iréis a gastaros mi dinero a Ransohoff.

Fingía estar preocupado, pero, a pesar de la Depresión, no lo estaba en absoluto. Había invertido el dinero con tanta sabiduría que los malos tiempos no le producían el menor quebranto.

– Se hará lo que se pueda -dijo Audrey sonriendo.

Apenas compraba nada para sí misma, pero Annabelle aún necesitaba algunas cosas para su ajuar.



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