Se lo cedió con mucho gusto a su hermana y, contrariamente a lo que pensaban los demás, no suspiraba por él ni se arrepentía de haberlo perdido. Nunca hubiera colmado las ansias de su corazón y dudaba que alguien lo consiguiera alguna vez. Lo que más deseaba, lo encontraba en las fotografías que solía tomar y en los viejos álbumes de su padre. En su fuero interno se parecía mucho a él. E incluso las fotografías que tomaba eran del mismo estilo, con la misma percepción y el mismo anhelo de lo insólito y lejano-. Harcourt será un buen marido para Annabelle.

Su abuelo lo decía siempre para pincharla y para ver su reacción. Seguía pensando que Audrey cometió un error al cedérselo a su hermana. Aún no comprendía por qué razón lo había hecho. Nadie lo entendía, pero a Audrey le importaba un comino; estaba acostumbrada a mantener sus sueños en secreto, unos sueños que, de todos modos, eran imposibles. Su lugar estaba allí, llevando la casa del abuelo y cuidando de él. En aquel instante, esbozó aquella sonrisa suya tan característica que se iniciaba en los ojos y bajaba poco a poco a los labios, dándole la apariencia de alguien que intentara reprimir una carcajada. Al verla, la gente se preguntaba siempre cuál debía ser el resto del chiste, como si ella supiera algo que los demás ignoraban, como si hubiera algo más. Y lo había. Había mucho más en Audrey Driscoll, sólo que nadie lo sabía. Ni siquiera su abuelo sospechaba la hondura de sus sueños ni el ansia que sentía de seguir las huellas de su padre. No estaba hecha para la vida de las mujeres de su tiempo, bien lo sabía ella. Antes hubiera preferido morir que sentar la cabeza y casarse con Har-court.

– ¿Por qué piensas que será un buen marido? -preguntó, mirando con una perversa sonrisa a su abuelo-. ¿Porque es republicano como tú?

Edward Driscoll picó el anzuelo.



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