– ¿Eres feliz, Annie? -preguntó, mirando a su hermana a los ojos.

Llevaba muchos años cuidándola, vigilando que saliera de casa abrigada, que tuviera a mano su muñeca preferida cuando se iba a la cama por la noche, que no tuviera pesadillas y que no estuviera sola, que sus amigos fueran amables con ella, que fuera a una escuela que le gustara. Audrey se batió con uñas y dientes para conseguirlo. Annabelle no quiso ir a la escuela de Katherine Branson, situada al otro lado de la bahía, sino a la de la señorita Hamlin. Audrey se encargó siempre de todo, incluso del menor detalle del soberbio traje de novia que ahora lucía su hermana. Y quería que fuera feliz. Siempre lo quiso, tal vez demasiado, y la mimó probablemente mucho más de lo que lo hubieran hecho sus padres porque siempre parecía una chiquilla desvalida. Incluso ahora. Audrey le escudriñó el rostro para cerciorarse de que Annie hacía de veras lo que más deseaba.

– Le quieres, ¿verdad?

Annabelle soltó una carcajada que resonó en el vestíbulo como una campanilla de plata. Envuelta en el elegante velo, se vio reflejada en el espejo y pensó que el traje era una pura maravilla.

– Pues claro que le quiero, Aud -contestó Annabelle en tono evasivo-. Más que nada en el mundo.

– ¿Estás segura?

El matrimonio le parecía a Audrey un paso trascendental. En cambio, Annabelle ni siquiera parecía asustada, sino tan sólo nerviosa.

– ¿Hum?

Annabelle se arregló el velo mientras Edward Driscoll baja-ba los peldaños de la entrada, tomando del bra2o al mayordomo.



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