– ¿Annie?

A Audrey se le encogió el estómago mientras miraba a su hermana. ¿Y si… no fuera una elección acertada? ¿La habría empujado ella sin querer a tomarla? ¿Lo habrían hecho otras personas, insistiendo en que el chico era un buen partido? ¿Y eso qué más daba? Ella no se hubiera dejado convencer por estas consideraciones, pero Annabelle…

Su hermana menor se volvió a mirarla con una radiante sonrisa y, por un instante, Audrey se tranquilizó.

– Te preocupas demasiado, Aud… Este es el día más feliz de mi vida. -Ambas se miraron fugazmente a los ojos. Audrey tuvo que reconocer que su hermana parecía feliz de verdad. Pero, ¿lo era lo bastante? Una sonrisa se dibujó de repente en sus labios. Annabelle tenía razón. Se preocupaba demasiado. Porque el matrimonio era para ella un paso extraordinariamente importante. Se preguntó cómo era posible que Annabelle no estuviera asustada. Tomó la mano de su hermana y la estrechó con fuerza en la suya enfundada en un suave guante de cabritilla color crema-. Te echaré de menos, Aud…

Audrey también lo había pensado. Le parecería raro no tenerla consigo. Durante catorce años, la había cuidado como si fuera su propia hija y ahora iba a perderla. Mientras en la calle se escuchaba el rumor de un tranvía, se sintió más la madre de la novia que una dama de honor.

– Burlingame no está muy lejos, ¿sabes?

Ambas hermanas se miraron con lágrimas en los ojos y, al final, Audrey se inclinó para abrazar a Annabelle procurando no arrugarle el velo.

– Te quiero, Annie… Espero que seas feliz con Harcourt. Annabelle se limitó a sonreír y, mientras se encaminaba hacia la puerta, susurró:

– Pues claro que lo seré.

Sonó la bocina del Rolls-Royce del abuelo, quien miró impaciente a Annabelle cuando la muchacha se acomodó en el automóvil, envolviéndolos a los tres con su vaporoso traje.

– ¿Quieres que se pasen todo el día esperándote en laiglesia? -ladró el abuelo, apretando con fuerza el puño del bastón.



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