Audrey se pasó una semana sin dirigirle la palabra a su abuelo para gran deleite de éste. El anciano se sintió tremendamente orgulloso de ella, y una mañana, a la hora del desayuno, Audrey encontró su propio periódico esperándola sobre la mesa. Desde entonces, la muchacha lo leía cada mañana y, cuando a su abuelo le apetecía hablar con ella, le comentaba con mucho gusto cualquier tema que le hubiera llamado la atención. Después ambos empezaban a discutir sobre todo cuanto leían, desde la política mundial a las noticias locales, sin olvidar los reportajes sobre las fiestas organizadas por sus amigos. Casi nunca estaban de acuerdo en nada y ésta era la razón de que Annabelle no quisiera desayunar con ellos.

– Sí, señorita. El té ya está listo.

La doncella uniformada de gris lo dijo casi rechinando los dientes, como si se preparara para un ataque del enemigo, cosa que, en efecto, se produjo a los pocos minutos. Las cuidadosas pisadas del abuelo resonaron en el vestíbulo cuando sus zapatos, impecablemente lustrados, abandonaron por un instante una alfombra persa antes de pisar la del comedor. Profirió un gruñido mientras apartaba un poco la silla para sentarse y miró fugazmente a Audrey antes de desdoblar meticulosamente el periódico. La doncella le sirvió el té y él la miró con furia antes de tomar cautelosamente un sorbo. Para entonces, Audrey ya estaba enfrascada en la lectura de las noticias, sin prestar la menor atención a los rayos del sol que iluminaban su cabello cobrizo y las delicadas manos que sostenían el periódico. Por un instante, el abuelo la miró, subyugado por su belleza, tal como a menudo le ocurría aunque ella no lo supiera. El hecho de que no diera a todo eso la menor importancia le confería un encanto singular. A diferencia de su hermana, que no pensaba en otra cosa.

– Buenos días.

Transcurrieron treinta largos minutos antes de que las palabras brotaran de su boca sin que apenas se le moviera la inmaculada barba blanca.



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