Sus ojos azules eran como un retazo de cielo estival completamente en contradicción con sus ochenta primaveras. La doncella pegó un brinco al oír su voz. No soportaba servirle el desayuno, de la misma manera que Annabelle no soportaba comer con él. Sólo Audrey parecía impermeable a sus bruscos modales. Se hubiera comportado de la misma manera si él le hubiera sonreído y besado la mano y le hubiera dedicado palabras bonitas cada mañana. La lengua de Edward Driscoll ignoraba las palabras bonitas. Nunca las había usado más que con su mujer, pero ésta llevaba muerta veinte años y él fingía haberse endurecido por este motivo, lo cual era en cierto modo verdad. Era un hombre elegante y extremadamente pulcro que antaño caminaba muy erguido y ahora conservaba muchos vestigios de su antigua apostura; tenía el cabello blanco como la nieve, una poblada barba y unos poderosos y anchos hombros. Caminaba con paso cauteloso, pero decidido, y utilizaba un bastón de ébano con regatón de plata que sostenía en una fuerte mano mientras gesticulaba enérgicamente con la otra. Exactamente tal y como lo estaba haciendo en aquellos momentos.

– Supongo que habrás leído la noticia. Le han nombrado candidato, los muy imbéciles. Son todos unos malditos imbéciles.

Su voz tronó en el comedor de paredes revestidas de madera mientras la joven doncella temblaba y Audrey trataba infructuosamente de disimular una sonrisa, mirándole a los ojos con los suyos intensamente azules.

– Pensé que te interesaría leerlo.

– ¿Que me interesaría? -replicó el abuelo-. Afortunadamente, no tiene ninguna posibilidad. Hoover volverá a ganar. Pero ellos hubieran tenido que nombrar a Smith y no a este idiota.

Acababa de leer en la columna de Lippman la noticia de la nominación de Franklin Roosevelt en la convención demócrata de Chicago. Y Audrey ya se imaginaba la reacción del abuelo. Era un firme partidario de Herbert Hoover, a pesar de que aquel año había sido el peor de toda la Depresión. Sin embargo, el anciano no quería reconocerlo. Aunque hubiera ingentes ejércitos de parados hambrientos en toda la nación, él seguía pensando que Hoover era un hombre estupendo. A ellos no les había tocado la Depresión y, por consiguiente, no acertaba a imaginar en qué medida había alcanzado a otros.



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