
La política de Hoover había provocado, en cambio, la «deserción» de Audrey, como Edward Driscoll la llamaba. Esta vez, Audrey votaría por los demócratas y se alegraba mucho de que hubieran nominado a Roosevelt.
– No va a salir elegido, ¿te enteras? Así que no pongas esta cara de satisfacción -dijo Edward Driscoll, poniendo, enfurecido, el periódico sobre la mesa.
– Puede que sí. Y la verdad es que haría mucha falta. -Audrey se puso muy seria, pensando en la grave situación económica del país. Al abuelo no le gustaba hablar del asunto porque el hecho de hacerlo equivalía a echarle implícitamente la culpa a Hoover. A Annabelle no le importaba lo que dijera, pero Audrey era distinta-. Abuelo -añadió, plenamente consciente de la reacción que iba a provocar-, ¿cómo puedes decir que aquí no pasa nada? Estamos en mil novecientos treinta y dos, las cuentas de los bancos acaban de bajar en Chicago poco antes de la convención demócrata, la gente está sin trabajo y se muere de hambre por las calles. ¿Cómo demonios puedes ignorar todo eso?
– ¡Él no tiene la culpa! – replicó el anciano, descargando un puñetazo sobre la mesa.
– ¡Y un cuerno no la tiene! -dijo Audrey con una vehemencia no exenta de ironía.
– ¡Audrey! ¡Modera tu lenguaje!
Audrey no se disculpó pues le pareció que no tenía por qué hacerlo. Ambos se conocían bien y ella le quería mucho a pesar de sus ideas políticas.
– Te apuesto ahora mismo a que Franklin Roosevelt saldrá elegido -dijo la joven sonriendo mientras él la miraba con rabia contenida.
