– Esto sí que es rapidez.

– No se dan mucha prisa en el laboratorio. ¿Cómo te sientes?

– Me duele el cuello como si alguien me hubiera puesto el pie encima durante un par de horas. ¿Ya has estado en el laboratorio?

– Sí.

– ¿Cómo ha ido?

– Todo parece normal. No hay rechazo, todos los niveles son correctos. Estoy muy contenta. Podremos bajarte la prednisona dentro de una semana.

Hablaba como si estuviera extendiendo los informes de laboratorio en la mesa del desayuno y verificando los buenos resultados. La cardióloga se refería a la cuidadosamente orquestada combinación de fármacos que McCaleb ingería: dieciocho píldoras por la mañana y dieciséis por la noche. En el botiquín del yate no cabían todos los envases y había habilitado a tal fin uno de los compartimentos de almacenaje del camarote de proa.

– Bien -dijo-. Estoy cansado de afeitarme tres veces al día.

Fox dobló el informe y levantó la tablilla de la mesita. Su vista recorrió con rapidez la lista de preguntas que el paciente debía responder en cada uno de sus ingresos hospitalarios.

– ¿Nada de fiebre?

– En absoluto.

– ¿Y diarrea tampoco?

– No.

McCaleb sabía por la insistencia de la doctora que la fiebre y la diarrea eran los dos principales indicadores de un rechazo. Dos veces al día, como mínimo, se tomaba la temperatura, la presión y el pulso.

– Las constantes vitales son buenas. Incorpórate un poquito, por favor.

Volvió a dejar la tablilla sujetapapeles en la mesita y le auscultó en tres puntos diferentes de la espalda con un estetoscopio que previamente había calentado con su aliento. Luego, él volvió a tenderse y la doctora le tomó el pulso en el cuello con dos dedos, mientras miraba el reloj. Estaba muy próxima a McCaleb cuando hacía esto. Llevaba un perfume de azahar que el agente siempre había asociado a mujeres mayores. Y Bonnie Fox no lo era. McCaleb la miró, examinando su rostro mientras ella se concentraba en el reloj.



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