– ¿Te has preguntado alguna vez si deberíamos hacer esto? -la interrogó él.

– No hables.

Por fin, ella movió sus dedos hasta la muñeca de McCaleb y le controló el pulso. Después, descolgó el tensiómetro y le tomó la presión arterial sin decir palabra.

– Bien -dijo cuando hubo concluido.

– Bien -repitió él.

– ¿Si deberíamos hacer qué?

Era propio de ella retomar de pronto un fragmento interrumpido u olvidado de la conversación. Rara vez se le pasaba por alto algo de lo que McCaleb decía. Bonnie Fox era una mujer bajita, de más o menos la edad del agente, con el pelo corto y prematuramente gris. La bata blanca de laboratorio, concebida para alguien más alto, le llegaba hasta los tobillos. En el bolsillo del pecho llevaba bordado un esquema del sistema cardiopulmonar, en cuya cirugía estaba especializada. Cuando le atendía, Bonnie Fox se concentraba en su trabajo, pero inspiraba a la vez confianza y comprensión, una combinación que McCaleb siempre había considerado poco común en los médicos, y en el curso de los últimos años había conocido a muchos. Él lo agradecía y se fiaba de ella. En sus más íntimos pensamientos había aparecido la sombra de la duda al saber que un día tendría que poner su vida en manos de una mujer, pero este temor pronto se desvaneció dejándole tan sólo una sensación de culpabilidad. Cuando llegó la hora del trasplante, la cara sonriente de ella fue lo último que vio antes de dormirse en la sala de anestesia. En ese momento ya no hubo la menor vacilación en él. Y fue otra vez la cara sonriente de Bonnie Fox la que le recibió cuando despertó con un nuevo corazón a una nueva vida.

El hecho de que, transcurridas ocho semanas desde el trasplante, no se hubiera presentado ninguna complicación en la recuperación constituía para McCaleb una prueba de la validez de su confianza. En los tres años que habían pasado desde que él entrara por primera vez en su consultorio, se había establecido entre ambos un vínculo que iba más allá de lo profesional.



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