– Te veré dentro de un ratito. Voy a analizar la sangre y a llevar el tejido al laboratorio.

– Quiero hablarte de algo.

– No hay problema, en un momento estoy contigo.

Unos minutos después, dos enfermeras sacaron la camilla de McCaleb del quirófano y la empujaron hasta el ascensor. Detestaba ser tratado como un inválido. Podría haber ido andando, pero iba contra la normativa. Tras una biopsia cardiaca el paciente debe mantenerse en posición horizontal. Los hospitales siempre tienen reglas y el Cedars-Sinai se llevaba la palma.

Lo condujeron a la unidad de cardiología de la sexta planta. Mientras era empujado por el corredor este, pasó junto a las habitaciones de los afortunados que ya habían recibido un corazón y las de aquellos que aún lo esperaban. En una de estas últimas McCaleb vio a un muchacho acostado en la cama, con el cuerpo unido mediante tubos a un respirador artificial. Un hombre trajeado permanecía sentado en la silla, al otro lado del lecho; observaba al chico, pero veía algo más. McCaleb desvió la mirada. Conocía la situación. El chico se estaba quedando sin tiempo. La máquina no lo mantendría con vida durante mucho más. Entonces, el hombre del traje -el padre, supuso- tendría la vista fija en un féretro y esa misma mirada.

Al llegar a la habitación lo pasaron a la cama y lo dejaron solo. Se preparó para la espera. Sabía por experiencia que podían transcurrir seis horas antes de que Fox apareciera, dependía de lo deprisa que se analizara la sangre y de cuánto tardara ella en acudir a retirar los resultados.

Había venido preparado. El viejo maletín de piel, donde había cargado su ordenador y los innumerables expedientes de casos en los que había trabajado, se hallaba repleto de números atrasados de revistas reservadas para los días de biopsia.


Dos horas y media después, Bonnie Fox entró en la habitación. McCaleb apartó el ejemplar de una revista de restauración de barcos que estaba leyendo.



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