Eran buenos amigos, o al menos así lo creía McCaleb. Habían comido juntos media docena de veces y habían sostenido un sinfín de encendidas discusiones sobre temas tan diversos como la clonación o los juicios a O. J. Simpson. McCaleb le había ganado una apuesta de cien dólares en el primer veredicto. La inquebrantable fe en la justicia de la doctora no le había permitido ver las connotaciones raciales del caso. En el segundo juicio, ella no volvería a apostar.

Fuera cual fuese la cuestión, la mitad de las veces McCaleb se veía a sí mismo adoptando la opinión contraria a la de la cardióloga sólo porque le gustaba batallar con ella. En esta ocasión, la mirada con la que Fox acompañó su pregunta dejaba claro que estaba preparada para una nueva justa.

– Si deberíamos estar haciendo esto -dijo él, moviendo la mano como si quisiera abarcar el hospital entero-. Sacando órganos, poniendo nuevos. A veces me siento como el monstruo de Frankenstein, con partes de otras personas en mi interior.

– Una sola persona y un solo órgano. No te pongas tan teatral.

– Pero es la pieza principal, ¿no? En el FBI cada año teníamos que pasar un examen en el campo de tiro. Disparar al blanco, ya sabes. Y la mejor manera de hacerlo era apuntar al corazón. El círculo que lo rodeaba en esas dianas puntuaba más que la cabeza. Diez puntos: puntuación máxima.

– Mira, creía que ya habíamos superado la discusión de si estamos suplantando a Dios. -Negó con la cabeza, sonrió y lo miró durante unos segundos. La sonrisa finalmente desapareció-. ¿Qué es lo que de verdad te preocupa?

– No lo sé. Supongo que me siento culpable.

– ¿De qué? ¿De vivir?

– No lo sé.

– No seas ridículo. Ya hemos hablado de eso, también. No tengo tiempo para la culpa del superviviente. Es muy sencillo: examina las posibilidades. En un lado estaba la vida y en el otro la muerte. Una decisión importante. ¿De qué hay que sentirse culpable?



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