
Fuera cual fuese la cuestión, la mitad de las veces McCaleb se veía a sí mismo adoptando la opinión contraria a la de la cardióloga sólo porque le gustaba batallar con ella. En esta ocasión, la mirada con la que Fox acompañó su pregunta dejaba claro que estaba preparada para una nueva justa.
– Si deberíamos estar haciendo esto -dijo él, moviendo la mano como si quisiera abarcar el hospital entero-. Sacando órganos, poniendo nuevos. A veces me siento como el monstruo de Frankenstein, con partes de otras personas en mi interior.
– Una sola persona y un solo órgano. No te pongas tan teatral.
– Pero es la pieza principal, ¿no? En el FBI cada año teníamos que pasar un examen en el campo de tiro. Disparar al blanco, ya sabes. Y la mejor manera de hacerlo era apuntar al corazón. El círculo que lo rodeaba en esas dianas puntuaba más que la cabeza. Diez puntos: puntuación máxima.
– Mira, creía que ya habíamos superado la discusión de si estamos suplantando a Dios. -Negó con la cabeza, sonrió y lo miró durante unos segundos. La sonrisa finalmente desapareció-. ¿Qué es lo que de verdad te preocupa?
– No lo sé. Supongo que me siento culpable.
– ¿De qué? ¿De vivir?
– No lo sé.
– No seas ridículo. Ya hemos hablado de eso, también. No tengo tiempo para la culpa del superviviente. Es muy sencillo: examina las posibilidades. En un lado estaba la vida y en el otro la muerte. Una decisión importante. ¿De qué hay que sentirse culpable?
