
– Entonces, lo siento. Pensé que lo sabías y te lo habías callado.
– No lo hice, no lo hicimos. Así que si nosotros no sabíamos de dónde ni de quién procedía, ¿cómo es posible que la hermana sepa quién lo recibió? ¿Cómo te encontró? Puede que trate de engañarte, que ella…
– No, es suyo. Lo sé.
– ¿Cómo lo sabes?
– ¿Te acuerdas del artículo del domingo pasado, la columna «Qué fue de…» de la sección metropolitana del Times? Decía que me trasplantaron el corazón el 9 de febrero y que había permanecido mucho tiempo esperando, porque mi tipo sanguíneo es raro. La hermana lo leyó y sumo dos más dos. Obviamente sabía cuándo murió su hermana, sabía que su corazón fue donado y sabía también que tenía un tipo sanguíneo raro. Es enfermera de urgencias en el Holy Cross y concluyó que se trataba de mí.
– Eso tampoco significa que tengas el corazón de su hermana…
– También tenía la carta que escribí.
– ¿Qué carta?
– La que todos escriben después, el agradecimiento anónimo a la familia del donante que envía el hospital. Ella tenía la mía. La miré y era la mía. Recuerdo lo que escribí.
– Esto no debería suceder, Terry. ¿Qué es lo que quiere? ¿Dinero?
– No, no quiere dinero. ¿No te das cuenta? Quiere que descubra quién asesinó a su hermana. La policía no cerró el caso. Han pasado dos meses y no han hecho ninguna detención. Ella sabe que se han rendido. Entonces leyó el artículo sobre mi trabajo en el FBI. Adivinó que llevaba el corazón de su hermana y pensó que yo podría conseguir lo que al parecer no logran los policías: resolver el caso. El sábado se pasó una hora buscando mi yate en el puerto deportivo de San Pedro. Lo único que salía en el Times era el nombre del barco. Vino a buscarme.
– Esto es una locura. Dame el nombre de esa mujer y yo…
– No. No quiero que le hagas nada. Ponte en su lugar. ¿No harías lo mismo que ella?
