
Fox se levantó de la cama con los ojos abiertos como platos.
– Dime que no estás pensando en aceptar el caso.
Pronunció la frase como una orden médica. McCaleb no contestó, lo cual ya constituía una respuesta. El paciente vio la inquietud en el rostro de la doctora.
– Escúchame. No estás en condiciones de hacer algo así. Han pasado sesenta días desde el trasplante y pretendes ir por ahí jugando a detectives.
– Sólo lo estoy meditando, ¿de acuerdo? Le dije que lo pensaría. Conozco los riesgos, y sé que ya no soy un agente del FBI. Sería algo completamente distinto.
Fox cruzó sus flacos brazos sobre el pecho en un ademán de enfado.
– Ni siquiera deberías planteártelo. Como doctora tuya que soy, te estoy diciendo que no lo hagas. Es una orden. -Cambió la voz y en un tono más suave agregó-: Tienes que respetar el regalo que te hicieron, Terry, esta segunda oportunidad.
– Pero ese respeto va en dos sentidos. Si no tuviera su corazón ahora estaría muerto. Se lo debo. Es por eso…
– No le debes a ella ni a su familia nada más que la nota que les mandaste. Eso es todo. Ella estaría muerta aunque el corazón lo tuviera cualquier otro. Te estás equivocando.
McCaleb hizo un gesto de asentimiento. Entendía el punto de vista de la doctora, pero no era suficiente para él. Sabía que por mucho que algo tuviera sentido en el plano intelectual eso no sentaba mejor a su espíritu. Ella le leyó el pensamiento.
– ¿Qué pasa?
– No lo sé, es sólo que imaginaba que si alguna vez descubría qué había sucedido me encontraría con un accidente. Estaba preparado para eso. Es lo que te cuentan en la orientación y lo que me explicaste cuando empezamos. Eso de que noventa y nueve de cada cien veces se trata de un accidente que causa una lesión cerebral fatal. Un accidente de coche o alguien que se cae por la escalera o choca con la moto. Pero esto es distinto. Cambia las cosas.
