
– Siempre dices lo mismo. ¿En qué es diferente? El corazón es un órgano, una bomba biológica. La forma en que su dueño muere no importa.
– Un accidente era algo soportable para mí. Durante el tiempo que pasé esperando, sabiendo que alguien tenía que morir para que yo viviera, me preparé para aceptarlo como un accidente. Un accidente forma parte del destino, o algo así. Sin embargo, un asesinato… Hay una maldad intencionada implícita. No es algo casual. Significa que soy el beneficiario de un acto de maldad, y eso es lo que lo hace diferente.
Fox permaneció unos instantes en silencio. Hundió las manos en los bolsillos de la bata. McCaleb pensó que ella por fin empezaba a entender su punto de vista.
– En eso consistió mi vida durante mucho tiempo -agregó tranquilamente-. Buscaba el mal, era mi trabajo. Y yo era bueno en eso. Pero a la larga el mal me superó, se llevó lo mejor de mí. Creo (no lo creo, lo sé) que eso acabó con mi corazón. Pero ahora es como si nada de todo aquello tuviera importancia, porque estoy aquí, tengo este nuevo corazón, una nueva vida, esta segunda oportunidad de la que hablas, y la única razón es ese odioso acto de maldad que alguien cometió. -Exhaló un largo suspiro antes de continuar-. Ella entró en esa tienda para comprar una chocolatina a su hijo y acabó… Mira, es distinto. No puedo explicarlo.
– Lo que dices no tiene mucho sentido.
– Me cuesta expresarlo con palabras, sólo sé lo que siento. Y para mí tiene sentido.
La mirada de Fox era de resignación.
– Mira, sé lo que pretendes hacer. Quieres ayudar a esa mujer, pero no estás preparado físicamente, de ningún modo. Y emocionalmente, después de oír lo que acabas de decir, creo que no estás en condiciones ni para investigar un accidente de circulación. ¿Recuerdas lo que te dije acerca del equilibrio entre la salud física y la mental? La una se alimenta de la otra. Y me asusta que lo que te está pasando por la cabeza afecte tu progreso físico.
