
– Comprendo.
– No, no lo creo. Estás jugando con tu propia vida. Si esto se va a pique, si empiezas a tener infecciones o rechazo, no podremos salvarte, Terry. Esperamos veintidós meses el corazón que llevas en el pecho. ¿Crees que aparecerá otro compatible sólo porque has estropeado éste? No hay ninguna posibilidad. Tengo un paciente en este mismo pasillo conectado a una máquina. Espera un corazón que no llega. Podrías ser tú, Terry. Ésta es tu única oportunidad. ¡No la desperdicies!
Se inclinó sobre la cama y le puso la mano en el pecho. A McCaleb le recordó el gesto de Graciela Rivers. Sintió su calor.
– Dile a esa mujer que no. Dile que no y sálvate.
3
La luna era como un globo que se sostenía porque los niños lo empujaban hacia arriba con unos palitos. Los mástiles de decenas de veleros permanecían elevados bajo el astro, dispuestos a evitar su caída. McCaleb lo observó flotar en el cielo negro hasta que por fin se escapó, ocultándose tras las nubes sobre Catalina. Un escondite tan bueno como otro cualquiera, pensó mientras miraba la taza de café vacía que sostenía. Echaba de menos sentarse en la popa al final del día, con una cerveza helada en una mano y un cigarrillo en la otra. Claro que los cigarrillos habían formado parte del problema y habían desaparecido de su vida para siempre. Y aún faltaban unos meses para que le redujeran la medicación y le permitieran tomar un poco de alcohol. Por el momento, una sola cerveza podía causarle lo que Bonnie Fox había calificado de resaca fatal.
McCaleb se levantó y fue al salón del yate. Primero trató de sentarse a la mesa de la cocina, pero pronto renunció, encendió la tele y empezó a cambiar de canal sin prestar atención. Apagó el aparato y rebuscó en la desordenada mesa de navegación, aunque tampoco allí había nada para él. Se movió por la cabina, persiguiendo en vano una distracción para sus pensamientos.
