
Bajó entonces la escalera y se acercó a la proa. Sacó el viejo termómetro de cristal del botiquín, lo agitó y se lo colocó bajo la lengua. El termómetro electrónico con pantalla digital que le habían proporcionado en el hospital seguía dentro de su estuche, en el estante. Por algún motivo, no se fiaba de él.
Ante el espejo, se abrió el cuello de la camisa y examinó la pequeña herida que había dejado la biopsia de la mañana. No tenía ninguna posibilidad de cicatrizar. Le practicaban tantas biopsias que cuando la piel empezaba a cubrir la incisión ya le abrían de nuevo y le sondaban la arteria. Sabía que le quedaría una señal permanente, como la cicatriz de treinta y tres centímetros que le corría por el pecho. Mientras se contemplaba, sus pensamientos vagaron hasta su padre. Recordaba las marcas permanentes, como tatuajes, en el cuello del viejo. Las coordenadas de una batalla con radiación que sólo sirvió para prolongar lo inevitable.
No tenía fiebre. Limpió el termómetro y lo guardó. Acto seguido anotó la fecha y la hora en una tablilla que guardaba colgada del toallero. En la columna temperatura trazó una raya para indicar que no había cambios.
Después de colgar la tabla, se inclinó hacia el espejo para mirarse los ojos: verdes con motas grises y finos hilillos rojos en la córnea. Retrocedió y se quitó la camisa. El espejo era pequeño, pero, aun así, veía la gruesa y desagradable cicatriz de color rosa blancuzco. Se contemplaba a sí mismo de este modo con frecuencia, porque no soportaba su aspecto, el modo en que su cuerpo le había traicionado. Cardiomiopatía. Según le había dicho Fox, un virus había permanecido agazapado en las paredes de su corazón, sólo para manifestarse por casualidad y nutrirse del estrés. La explicación significaba poco y nada para él. No aliviaba la sensación de que el hombre que una vez fue se había perdido para siempre. En ocasiones sentía que cuando se observaba a sí mismo estaba mirando a un extraño, a alguien apaleado y debilitado por la vida.
