Después de volver a ponerse la camisa, fue al camarote de proa, una habitación triangular que seguía la forma de la embarcación. Había una litera a babor y un montón de compartimentos de almacenaje a estribor. Había convertido la cama inferior en un escritorio y usaba la superior para guardar ficheros llenos de viejos expedientes del FBI. A los lados de las cajas aparecían los nombres de los casos: poeta, código, zódiac, luna llena y bremmer. En dos de las cajas ponía varios no identificados. McCaleb había hecho copias de casi todos sus expedientes antes de dejar el FBI. Iba contra las normas, pero nadie se lo impidió. Los expedientes de los archivadores procedían de distintos casos, abiertos y cerrados. Algunos ocupaban un archivador completo, otros eran lo bastante finos para compartir espacio en la misma caja. No estaba seguro de por qué había copiado todo. No había abierto ninguna de las cajas desde su retiro, pero más de una vez había pensado en escribir un libro o en continuar con las investigaciones abiertas. En gran medida, sin embargo, sólo se trataba de que le gustaba la idea de tener los archivos como testimonio físico de lo que había hecho con una parte de su vida.

McCaleb se sentó al escritorio y encendió la luz cenital. Por un momento sus ojos se posaron en la placa del FBI que había llevado consigo durante dieciséis años. Estaba enmarcada en una caja de metacrilato y colgaba de la pared, sobre la mesa de despacho. A su lado había una foto de un anuario de hacía muchos años clavada con una chincheta: una niña con aparatos dentales. McCaleb se encogió al evocar esa imagen y apartó la mirada, que se posó en la mesa revuelta: un puñado de billetes y recibos diseminados por el escritorio, un archivador de acordeón lleno de informes médicos, una pila de carpetas casi vacías, tres folletos de los servicios de dique seco y el libro de reglas de embarcado del puerto deportivo de Cabrillo. Su talonario de cheques estaba abierto y listo para ser usado, pero no podía acometer la mundana tarea de pagar facturas. No en ese momento. Se sentía inquieto y no era por penuria de pensamientos en su cabeza. No podía dejar de pensar en la visita de Graciela Rivers y en el súbito cambio que había comportado.



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