
Puso en orden los papeles del escritorio hasta que encontró el recorte de periódico que la mujer le había llevado al barco. Él lo había leído el día de su publicación, lo había recortado y luego había tratado de olvidarlo. Pero sin éxito. El artículo había atraído una procesión de víctimas a su barco. La madre de la adolescente cuyo cuerpo apareció mutilado en la playa de Redondo; los padres de un chico que se había ahorcado en un apartamento de West Hollywood. El joven marido cuya esposa se había ido a los clubes de Sunset Strip una noche y nunca había regresado. Todos ellos eran zombis, a quienes la pena y la traición de un Dios al que no creían capaz de permitir tales actos había dejado casi catatónicos. McCaleb no pudo consolarles ni ayudarles, sólo les deseó suerte.
Había accedido a la entrevista únicamente porque se lo debía a Keisha Russell. La periodista siempre le había apoyado mientras él trabajó en el FBI. Era de la clase de periodistas que no siempre toman, sino que a veces también dan algo. Russell había telefoneado al barco un mes atrás para cobrarle la deuda. Le habían asignado la columna del Times «Qué fue de…». Un año antes había escrito un artículo sobre la espera de un corazón por parte de McCaleb y quería actualizarlo una vez que el agente por fin había accedido a un trasplante. McCaleb trató de declinar la invitación, consciente de que perturbaría la vida anónima que llevaba; pero Russell le recordó todas las veces en que le había ayudado, ya fuera no publicando los detalles de un caso o poniéndolos en un artículo, en función de lo que McCaleb consideró más útil en cada momento. El agente retirado sintió que no tenía elección: siempre pagaba sus deudas.
