
Por un instante, McCaleb examinó la imagen que acompañaba el texto. Se trataba de un antiguo retrato que la prensa había utilizado en innumerables ocasiones durante su época en el FBI. Sus ojos miraban con descaro a la cámara.
Cuando Keisha Russell vino a hacer el reportaje acompañada por un fotógrafo, McCaleb no permitió que éste obtuviera una imagen más reciente. Les dijo que usaran una de las antiguas; no quería que nadie viera su aspecto actual.
Tampoco es que se notara nada a simple vista, a no ser que se quitara la camiseta. Pesaba trece kilos menos, pero no era eso lo que deseaba ocultar, sino los ojos. Había perdido aquella mirada que le caracterizaba, tan penetrante y dura como las balas, y no quería que nadie lo supiera.
Dobló el recorte de periódico y lo dejó a un lado. Tamborileó la mesa durante unos segundos mientras se amargaba de la vida; luego miró el pinchapapeles de aluminio situado junto al teléfono. El número de Graciela Rivers estaba garabateado a lápiz en un trozo de papel, encima de la pila de notas.
Cuando era agente, McCaleb atesoraba siempre una inagotable reserva de rabia contra los hombres que perseguía. Había visto lo que habían hecho y quería que pagaran por las horribles manifestaciones de sus fantasías. Las deudas de sangre debían ser pagadas con sangre. Por ese motivo los agentes de la unidad de asesinos en serie del FBI llamaban a lo que hacían «trabajo de sangre». No había otra forma de describirlo. De hecho, cada vez que alguien no pagaba, cada vez que alguien escapaba, él lo sentía como una cuchillada.
Y lo que le había sucedido a Gloria Torres le dolía como una cuchillada. Él estaba vivo porque el mal se la había llevado a ella. Graciela le había contado la historia. Gloria había muerto por la única razón de hallarse en el camino entre alguien y la caja registradora. Era una simple, estúpida y espantosa razón para morir. Eso, de algún modo, dejaba a McCaleb en deuda. Con ella y con su hijo, y también con Graciela e incluso consigo mismo.
