
– Mire, puedo recomendarle a un par de investigadores privados que harán un buen trabajo y no la estafarán.
Se acercó hasta la borda de popa, recogió las gafas de sol que había olvidado llevar en su paseo y se las puso para dar por zanjada la conversación. Sin embargo, ella no se dio por aludida ni por el gesto ni por las palabras.
– El artículo decía que era bueno, que odiaba que alguien culpable saliera impune.
McCaleb metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros.
– Debe recordar que nunca trabajé solo. Tenía compañeros, equipos de laboratorio, me respaldaba todo el FBI. Eso es muy diferente a un hombre solo que va por libre. Probablemente no podría ayudarla ni aunque quisiera.
La mujer asintió y McCaleb creyó que la había convencido y que el asunto quedaría solventado. Empezó a pensar en la válvula de uno de los motores que debía reparar durante el fin de semana, pero se equivocaba con ella.
– Creo que puede ayudarme, y quizá también ayudarse usted mismo.
– No necesito el dinero. Me las arreglo bien.
– No estoy hablando de dinero.
Él la miró un momento antes de contestar.
– No sé a qué se refiere -dijo cargando su respuesta de exasperación-, pero no puedo ayudarla. Ya no tengo placa y no soy un investigador privado. Sería ilegal que actuará como tal o que aceptara dinero sin una licencia. Si leyó la columna del periódico, entonces ya sabrá lo que me ocurrió. No puedo ni conducir. -Señaló hacia el aparcamiento, situado tras la línea de muelles y la pasarela-. ¿Ve ese coche que parece envuelto como un regalo de Navidad? Es el mío. Ahí se quedará hasta que obtenga la aprobación médica para volver a conducir. ¿En qué clase de investigador me convierte eso? ¿Voy a ir en autobús?
Desoyendo sus protestas, Graciela Rivers se limitó a mirarlo con una expresión que lo enervaba. McCaleb ya no sabía qué hacer para sacarla del barco.
– Le daré esos nombres.
