
– ¿Su hermana?
– Sí, y su hijo.
– ¿Cuál?
– ¿Qué?
– ¿Cuál de los dos está muerto?
La pregunta constituía su segundo error, que agravaba el primero y lo involucraba más en el asunto. Supo en el momento de formularla que debería haber insistido en que aceptara los nombres de los dos detectives y poner punto final a la cuestión.
– Mi hermana, Gloria Torres. La llamábamos Glory. Él es su hijo, Raymond.
McCaleb asintió y le devolvió la foto, pero ella no la aceptó. El ex agente sabía que la mujer quería que le preguntara qué ocurrió, sin embargo, él por fin había echado el freno.
– Mire, esto no va a funcionar -dijo, al fin-. Sé lo que está haciendo y no da resultado conmigo.
– ¿Quiere decir que no tiene compasión?
Vaciló un instante, mientras la ira bullía en su interior.
– Tengo compasión. Si leyó el periódico sabe lo que me sucedió. La compasión ha sido siempre mi problema.
El detective trató de contener cualquier resentimiento. No se le escapaba que la mujer estaba consumida por terribles frustraciones. McCaleb había conocido a centenares de personas como ella, cuyos seres queridos les habían sido arrebatados sin motivo alguno. Y luego, ninguna detención, ninguna condena, ningún cierre. Las vidas de los familiares cambiaban de un modo irremediable y algunos quedaban como zombis, como almas en pena. Graciela Rivers era una de esas personas. Tenía que serlo para haberle seguido la pista hasta allí. McCaleb sabía que, por muy ofendido que se sintiera, ella no merecía cargar con sus frustraciones.
