– Mire -dijo-, no puedo hacerlo. Lo siento.

McCaleb la agarró suavemente del brazo para conducirla al escalón del muelle; sintió el músculo fuerte bajo la piel suave. Le devolvió de nuevo la foto, pero ella se negó a aceptarla.

– Mírela otra vez, por favor. Sólo una vez más y le dejaré tranquilo. Dígame si siente algo.

McCaleb negó con la cabeza e hizo un leve movimiento con la mano, como para dar a entender que nada iba a cambiar.

– Yo era agente del FBI, no vidente.

No obstante, volvió a levantar la foto y la observó. La mujer y el niño parecían felices. Era una fiesta. Siete velas. McCaleb recordó que sus padres aún seguían juntos cuando él había cumplido los siete. Aunque no por mucho tiempo. Sus ojos se fijaron más en el chico que en la mujer. Se preguntó cómo sería la vida para el muchacho huérfano.

– Lo lamento, señorita Rivers. De veras. Pero no hay nada que pueda hacer por usted. ¿Quiere que se la devuelva o no?

– Tengo una copia. Ya sabe, dos por el precio de una. Pensé que le gustaría conservarla.

Por primera vez advirtió la resaca en la corriente emocional. Había algo más en juego, pero desconocía de qué se trataba. Miró detenidamente a Graciela Rivers y tuvo la sensación de que si daba un paso y formulaba la pregunta obvia estaría atrapado. No pudo evitarlo.

– ¿Por qué iba a desear guardar esta foto si no voy a poder ayudarla?

Graciela Rivers sonrió de un modo melancólico.

– Porque ella es la mujer que le salvó la vida. A veces he pensado que le gustaría saber qué aspecto tenía, quién era.

McCaleb la miró por un instante, pero en realidad no veía a la mujer que tenía ante sí. Miraba a su interior, repitiéndose lo que acababan de decirle sin lograr desentrañar el significado.

– ¿De qué está hablando?

Fue todo lo que acertó a preguntar. Notaba que el control de la conversación y todo lo demás se inclinaba del lado de ella. La resaca lo arrastraba mar adentro.



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