
La mujer levantó el brazo, pero pasó de largo junto a la foto que McCaleb aún le ofrecía. Puso la palma de la mano en el pecho del hombre y la bajó por la camisa, trazando con sus dedos la gruesa trayectoria de una cicatriz. Él, paralizado, no se lo impidió.
– Su corazón -dijo-. Era el de mi hermana. Ella le salvó la vida.
2
Con el rabillo del ojo apenas atisbaba el monitor. La pantalla era negra con vetas plateadas; el corazón, un fantasma ondulante; las grapas y remaches que cerraban los vasos sanguíneos aparecían como perdigonazos en su pecho.
– Ya casi está -dijo una voz desde detrás de su oreja.
Bonnie Fox, siempre profesional, le ofrecía calma y consuelo. Pronto vio que la serpenteante línea del catéter se movía en el campo del monitor de rayos X, siguiendo el camino de la arteria y entrando en el corazón. Cerró los ojos. Odiaba ese cuento de que no se siente nada.
– De acuerdo, no deberías notar esto -dijo ella.
– Vale.
– No hables.
Allí estaba. Como el más leve tirón al extremo del sedal: un pez que te roba el cebo. Abrió los ojos y vio la línea del catéter, tan fina como un hilo de pescar, todavía dentro de su corazón.
– Bien, ya lo tenemos -dijo ella-. Ahora vamos a salir. Lo has hecho muy bien, Terry.
Sintió una palmadita en el hombro, pero no pudo mover la cabeza para mirar a la doctora. El catéter fue extraído y Fox le adhirió una gasa en la incisión. La abrazadera que había mantenido su cabeza en un ángulo tan incómodo estaba desabrochada, y McCaleb comenzó a enderezar el cuello, levantando la mano para ejercitar los músculos entumecidos. La cara sonriente de Bonnie Fox se cernió sobre él.
– ¿Cómo te encuentras?
– No me puedo quejar, ahora que ha terminado.
