
Cuando se enfrentó a la idea de vivir un tiempo en México nunca pensó en despertares frescos oyendo rasgueo de guitarras desde la cama blanca, ni en perfume de nardos en claustros de antiguos conventos españoles. Y, sin embargo, México había resultado ser así. Todo le parecía hermoso, especial, casi mágico. La colonia, con sus amplias casas individuales, los recoletos jardines personales, el bello jardín general, lleno de flores y silencio, era casi el lugar ideal para vivir. Siempre que lograras olvidar que, alrededor de aquella especie de campus paradisíaco, se erguía una tapia muy alta, coronada por una alambrada, y varios guardas bien armados vigilaban la puerta de acceso al recinto. En cualquier caso, podían salir, caminar libremente por las zonas colindantes y llegar hasta el cercano San Miguel. Ella se había propuesto hacerlo todas las mañanas, siempre a pie. Visitaba el mercado, entraba en alguna iglesia, paseaba sin rumbo por los barrios céntricos de casitas bajas, tomaba una cerveza en la plaza del ayuntamiento… Repetir esa rutina más o menos variable le causaba un enorme placer. Se mezclaba con la gente, observaba a los indios que bajaban de las montañas para vender… A ella nunca la miraban, por muy distinta que pudiera ser su apariencia de la de los habitantes del lugar. Durante el año que llevaban allí había hecho esfuerzos porque una parte de su tiempo fuera autónomo de la vida en la colonia. En la colonia todo era demasiado fácil. La familia de cada uno de los técnicos tenía asignada una chica de servicio que se ocupaba de todo: limpiar, comprar comida, cocinar… Pero ella se obstinaba en realizar pequeños trabajos domésticos por sí misma. Sobre todo al principio, no podía soportar que alguien tuviera a su cargo la organización cotidiana. Le resultaba violento que, si pretendía prepararse un té a media tarde, en seguida apareciera Clarita y le quitara los enseres de las manos para continuar ella con la labor. Vivían con holgura en Madrid, pero nunca, jamás, se le hubiera ocurrido contratar a una criada fija que, como una sombra, estuviera siempre dispuesta a anticiparse a sus deseos.