Había llegado un mes atrás, protestando por el cansancio del viaje, y había procurado relacionarse lo menos posible con el resto. Su esposo era amable y apuesto, pero tan impenetrable como ella. La curiosidad le había hecho preguntarle a Ramón cómo se comportaba él en la obra con los otros ingenieros, y él le había respondido que demostraba un espíritu abierto y colaborador, una gran profesionalidad.

– De modo que él sí se relaciona con todo el mundo.

– Sí, claro.

Lo observó sin considerar significativa aquella contestación. Su marido o, mejor dicho, los hombres en general no suelen especular sobre el carácter de sus compañeros de trabajo. Las apreciaciones que hacen sobre ellos están teñidas de sentido práctico, desprecian por completo el matiz personal. «Las mujeres queremos saber siempre más sobre la gente», pensó. Como en el pequeño mundo de la colonia las mujeres constituían el elemento pasivo, tenían tiempo para pensar, para perderse en conjeturas sobre las vidas ajenas, para dejarse mecer por la curiosidad. Se sintió mal después de constatar aquello, y no por primera vez. Había obtenido una excedencia que le permitía abandonar durante cinco años su puesto de profesora en la universidad y se había jurado que nunca, nunca durante aquel tiempo, se haría reproches sobre su inactividad transitoria. Había meditado bien la decisión de acompañar a Ramón hasta México, no fue algo imprevisto o apresurado. Quería vivir esa experiencia, olvidarse temporalmente de sus clases, de las obligaciones cotidianas, de la ciudad mil veces transitada. Pero no era una mujer impulsiva ni con tendencia a idealizar las situaciones que el futuro prometía.



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