Manuela pensó que era una buena idea regar el jardín cuando, desde su terraza, descubrió a Victoria haciéndolo. Aunque, considerándolo desde el punto de vista de la utilidad, ¿para qué serviría? Todas las plantas que había traído desde España se habían marchitado a las pocas semanas de estar allí. Era un clima demasiado seco, el de San Miguel. Adolfo se había puesto como una fiera al descubrir las macetas entre los trastos de la mudanza. Pasaba que en cada uno de sus traslados ella se empeñara en cargar con cosas innecesarias, como una lámpara a la que tenía especial cariño, o mantelerías de hilo para las celebraciones, pero plantas… «Joder, Manuela… -le había dicho-, transportar plantas a México es como llevarse saquitos de arena al Sahara!» Pero había transigido, naturalmente, y hasta se preocupó de que los operarios fueran especialmente cuidadosos al cargarlas y descargarlas. Un altercado sin importancia. Si hubiera tenido que tomarse en serio todos los aparentes enfados de su marido durante los treinta y cinco años que llevaban casados… pero debía reconocer que Adolfo era un encanto, un encanto que tenía a veces un poco de mal genio, pero un encanto. Claro que ella no le andaba a la zaga. ¿No era ella otro encanto para su esposo, no lo trataba como a un rey? ¿No había educado a sus hijos con sabiduría y total dedicación? ¿Y la organización de la casa? Pocas mujeres podían afirmar que sus casas familiares funcionaran al unísono como un alegre balneario y como un severo cuartel. Y muy pocas lo hubieran acompañado en una estancia de al menos tres años en un país extranjero, tan lejano. Sobre todo con tantas cosas como ella tenía que hacer en España.



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