Cuando Adolfo se lo planteó, en un primer momento tuvo la tentación de decirle que se fuera solo, pero luego lo pensó mejor, y se dio cuenta de que, estando ya los hijos emancipados, su auténtico lugar estaba junto al esposo. También en San Miguel tenía muchas cosas que hacer: atender las necesidades de su marido, visitar nuevos lugares, echar una mano en las actividades de la colonia, no en balde era la mujer del jefe. También tenía que bregar con Blanca Azucena. ¿Cómo una chica de servicio podía ser tan torpe? Porque no era una verdadera chica de servicio, naturalmente. Ningún oficio se improvisa, por muy humilde que parezca. A aquella joven, morena y apocada, la habían sacado de una casucha miserable para ir a servir a la colonia. ¡Tenía diez hermanos! Sus padres habían cometido la inconsciencia de traer once hijos al mundo cuando apenas si tenían para darles de comer. Ella había ido enseñando a la chica poco a poco, con paciencia infinita. Ahora hacía el trabajo mejor, pero sólo un poco mejor. Cuando la presa estuviera acabada, los técnicos regresaran a sus países de origen y la colonia se deshiciera, Blanca Azucena habría aprendido cómo limpiar y organizar una casa, y cómo comportarse también. Lo malo entonces sería encontrarle un puesto de trabajo. Las familias ricas de San Miguel ya tenían mucho servicio. Hablaría con el cónsul de Oaxaca, o con Enriqueta, la mujer del cónsul. Un salario fijo en la familia de aquella pobre significaba mucho, con todos aquellos hermanos y un padre que cogía más de una borrachera de mezcal. Hablaría con el cónsul para recomendarla, lo haría, sí. Finalmente sentía una obligación hacia los habitantes de aquel país, aunque ellos mismos fueran incapaces de salir de la miseria por sus medios. Sacó su voluminosa agenda de mesa y lo apuntó: «Recomendar a Blanca Azucena», aunque probablemente aún era pronto para dirigirse al cónsul, o no; si empezaba ahora a darle la lata con ese tema, tenía cierta probabilidad de que le hiciera caso dos años después.



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