
De pronto, observó cómo la esposa del nuevo ingeniero salía de su casa y se encaminaba hacia su despacho. Sí, venía directa a él, nadie podía evitarlo ya. ¿Qué demonio querría? ¡Vaya por Dios, y eso que le había parecido de las que no dan la tabarra! ¡Y a aquellas horas de la mañana! Buscó rápidamente su nombre en la lista de residentes.
– ¿Qué tal, doña Paula, cómo está?
– Llámame Paula o empezará a dolerme el estómago. No recuerdo cómo te llamas tú.
– Darío.
– Darío Codomano, buen personaje histórico. Oye, Darío, me preguntaba dónde hay un bar por aquí. Un bar con cierta gracia, con chispa.
– Ya conoce el club de la colonia, ¿verdad?
– Sí, lo conozco, pero lo que quiero es un bar.
– Tiene los bares de la plaza, en San Miguel. Sirven buena cerveza mexicana, e internacional. Están muy animados a la hora del aperitivo.
Paula pestañeó varias veces con afectación, para que él se diera cuenta de que estaba impacientándose.
– Entonces, ¿ningún bar interesante, de esos a los que no van los niños con sus mamas?
Darío la miraba, cada vez más nervioso. Ella le estaba clavando los ojos en profundidad, como dos garfios que se engancharan en la carne.
– No sabría decirle, pero veremos qué puedo hacer, quizá en las afueras… Preguntaré a alguien de por aquí, eso es lo que haré.
– Muy bien, muchacho, haz una encuesta y luego me pasas los resultados, ¿sí?
– Mañana estamos todos invitados a una fiesta que da el cónsul de Oaxaca… no es un bar, pero esas fiestas siempre suelen ser divertidas. Además, como es por la noche, no hay niños.
Paula sonrió, con parte de simpatía y parte de desdén.
– Perfecto, Darío, no faltaré. Espero que el cónsul sí pueda decirme dónde hay un buen bar.
Salió del despacho y se alejó caminando desganadamente. Era alta, de espalda ancha y hermosas piernas. «¡Joder! -pensó-. ¡Esto era lo que me faltaba, una tía que no sé de qué palo va!»
