
Pensó que su primera fiesta en México requería mucha preparación. ¿Tres copas previas, mejor cuatro? ¿Una raya de coca, mejor dos? Todo eso sumado a su encanto personal de hermosa mujer. «Allá voy -pensó-, allá voy.»Señor cónsul, señora consulesa, ¿cómo están? Una fiesta realmente fantástica, como no podía ser menos. Todos estamos encantados en este país, un país maravilloso, y vivimos felices en nuestra colonia, que es muy acogedora. Este entorno está lleno de… tipismo, ésa es la palabra, un tipismo auténtico, fuera de clichés. Hay de todo en la fiesta. Canapés y frijoles, que son lo mejor. Frijoles negros nadando en sopa negra, como almas impuras en el infierno. Por cierto, ¿no contamos con un cardenal en esta fiesta, al menos un obispo? Ése sí es un fallo, lo digo sin ambages. Un representante de la Iglesia en una celebración mundana siempre imprime carácter, da esplendor, sobre todo hallándonos en el Tercer Mundo. Un cardenal tonsurado, con todos los arreos litúrgicos, con lo que daríamos en llamar el disfraz completo. Aunque, claro, nos hacemos cargo de la dificultad de semejante invitación, cada vez es más difícil encontrar quien les forre los zapatos a los cardenales, esas manoletinas ligeras de seda morada, zapatos como los que lleva Jovellanos en su célebre retrato o, si me permiten la libertad, zapatitos de maricón. La vida es hermosa en estos parajes, si bien este valle da miedo de puro grande que es, un valle exagerado, como toda la naturaleza aquí. Ciertamente la conquista española fue criticable, no nos vamos a empeñar en lo contrario, pero nadie puede negarles a los conquistadores arrojo, valentía; meterse en estas selvas, y ríos, y llanuras, llenas de peligros y plantas urticantes… Nosotros no hemos venido a conquistar, sino a construir, más exactamente nuestros maridos, queridos cónsules, ¡ah!, tras decir eso debo confesar que me siento como en el Senado romano, me siento como el mismísimo caballo de Calígula, fuera de lugar, desentonando siempre.
