
Hace años que suelo desentonar invariablemente. Desentono incluso estando conmigo misma, en la tranquilidad de mi hogar, en soledad absoluta. Así son las cosas, me gustaría ser Mesalina pero soy el caballo de Calígula. ¿Qué opina usted de Mesalina, mi querida consulesa? No, no me refiero a las artes algo devaluadas de la mujer fatal, ni tampoco a la ninfomanía, que no deja de ser la manía que nunca existió. Me refiero a la capacidad de Mesalina para rebelarse contra el designio de los hados por vía genital. Pero verá, consulesa, no debe hacerme mucho caso esta noche, ya ve que estoy un poco dispersa. Lo cierto es que no tengo malditas ganas de hablar, y para superar tan funesta disposición en una fiesta no me queda más remedio que beber y aturdirme, de modo que las palabras fluyan de mí. Y vaya si fluyen, fluyen como ríos desbordados. Quizá no es lo oportuno en una mujer como yo, esposa de un brillante ingeniero y hombre de bien; pero en fin, tal flujo verbal, tal afluencia de vocablos es una lacra que debemos soportar; sobre todo usted, amada consulesa. Aunque está preparada para eso y mucho más, ¿no es cierto?, todas las mujeres lo estamos, somos capaces de dar todo cuanto Dios y la sociedad nos reclama. Lo malo es cuando la sociedad nos reclama cosas distintas de las que estamos dispuestas a ofrecerle. A mí la sociedad me demandaba que fuera buena madre y esposa, y no sé, creo que dejo bastante que desear como esposa y no he tenido ni un solo hijo. A cambio le devuelvo a la sociedad unas magníficas traducciones de los diarios de Tolstoi. Usted me dirá,
aimée consulette, que los hablantes españoles bien podríamos pasar sin enterarnos de las neuras del divino conde. Pero yo disiento, me opongo y me encabrito. ¡Nada de eso!, los grandes hombres realizan en silencio sus grandes obras, y es una obligación para el género humano, hable en el idioma que hable, conocer cómo les gustaba tomar el té, qué zozobras carcomían sus almas y cuántas broncas habían tenido con sus cónyuges.