La mujer del cónsul general de España en Oaxaca sonreía. Había sido educada para oír sin escuchar, para escuchar sin oír, pero sobre todo había sido educada para sonreír. Tenía una nariz recta y fina, casi perfecta. Paula alzó su copa ante ella a modo de colofón de su larga perorata y se largó. Aquello estaba convirtiéndose en una especie de auto sacramental con el ángel y el diablo batallando entre bambalinas. Rugió para sus adentros. La fiesta era agradable. Todos se reían, felices. ¿De dónde sacaban sus compañeras de gueto vestidos tan elegantes? ¿Habían venido desde España hasta aquel rincón del mundo con las maletas cargadas de satén y guipur?

Susy pasó por delante de ella con un vaso de cóctel de papaya en la mano. La atrapó por un brazo, no podía dejar que se le escapara su hacedora de pasteles rituales, su única esperanza en aquel lugar.

– Susy, querida, el otro día me hablaste de tu madre. Pues bien, voy a contarte la historia de la mía, te gustará. Es un drama que cualquier mente anglosajona y, por tanto, amante de Dickens debería apreciar. Verás, mi madre era londinense. Una huérfana. Vivía en un modesto hotel porque seguramente era hija de alguna camarera que, después de parir infamantemente, la había dejado allí, o bien de alguna puta rehabilitada gracias al trabajo de hacer camas y limpiar muebles. Pues bien, hete aquí que el dueño de aquel hotel organizaba partidas de póquer clandestinas donde se apostaba fuerte y a las que solía asistir algún cliente alojado allí. Una noche, el dueño perdió tanto dinero que se quedó sin fondos. No estaba dispuesto a deshacerse de ninguna de sus propiedades, de modo que, para aceptar el envite de otro jugador, decidió apostar a la niña que tenía recogida en su casa. Pero un caballero español asistía a la partida y, horrorizado, amenazó al malvado hotelero con denunciarlo a las autoridades. Puso fin a aquella infamia y, en petit comité, le pidió a aquel mangante que le diera a la niña en adopción. Después de intensos papeleos, todo era sin embargo más fácil entonces, adoptó a la niña y se la trajo a España. Así puede decirse que yo tengo, tuve, porque ya murió, una madre importada. ¿Qué te parece?



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