Susy la miraba como si fuera un trasgo. Se echó a reír con acento americano.

– Pero, Paula, ¿qué demonios estás diciendo?

– Estaba contándote la compraventa de mi difunta madre. Es una de mis historias familiares favoritas.

– ¡Por todos los santos, estás como una cabra!

– ¿Adónde vas tan de prisa?

– Estoy intentando localizar a Henry, pero hay tanta gente… Por cierto, Paula, nos han propuesto una excursión que puede ser muy agradable. Al parecer hay unas ruinas aztecas muy cercanas a la colonia. Vamos a visitarlas todas las esposas un día de la próxima semana. ¿Te apuntas?

– Sí, de acuerdo, muy instructivo. Los americanos pensáis que lo único estimable de los europeos son nuestras ruinas, y de los mexicanos, la comida; pero ya ves que aquí también hay ruinas. Es curioso, los pueblos civilizados vivimos felices entre nuestros restos, como los cerdos.

– Estás imposible, pero divertida. No creí que fueras tan divertida.

– Me sienta bien la bebida… a veces -hizo un arabesco espectacular con la mano.

Susy sonrió y fue en busca de su marido. Obviamente se lo había tomado todo a broma, también el terrible trauma de la madre objeto de mercadería. Sólo le interesaban las ruinas. Quizá el mundo debería reducirse a cenizas para poder alabar después los refinamientos que nuestra cultura había alcanzado. Susy parecía feliz, todos parecían felices, ella misma había olvidado ya a su madre muerta. Los cadáveres deben permanecer instalados en sus tumbas. Hay que perdonar a los muertos para lograr la paz interior. Ahí es donde dicen que reside la armonía. Una vez conseguida, nada te altera. Los campos que te rodean pueden arder sin que te inmutes. O, como el cónsul, puedes organizar fiestas deliciosas mientras los campesinos que malviven a tu alrededor pasan hambre y pergeñan revoluciones.



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