Se sintió hermosa paseando entre los invitados. El vestido blanco que llevaba, lánguido y sin vuelos, le daba el aspecto distinguido de una "tenista antigua. Vio al doctor Méndez, médico mexicano que tenía a su cargo la salud general en la colonia.

– Querido doctor, ¿qué opina de esta segunda oleada de conquistadores españoles que asola su país?

– Siempre es mejor ser colonizado por mujeres inteligentes que por ejércitos de condenados a galeras.

Muy bien, doctor, buena réplica, pues ha de saber usted que las mujeres inteligentes nos movemos aquí como peces en el agua, como bacterias en la descomposición. Nuestros maridos, contratados por el gobierno mexicano, contribuyen al engrandecimiento de este de por sí ya grande país. De modo que somos como una especie de invitados y debemos comportarnos bien. No beberé ni una copa más, y voy a pedirle ahora mismo a mi marido que nos marchemos a casa. Estoy exhausta, o borracha. Buenas noches.

Los jardines de la colonia se veían más hermosos de noche que de día. En la semioscuridad se percibía con claridad que aquel lugar acotado, plantado, domesticado, formaba sin embargo parte de una naturaleza potente. No toda la belleza de aquella tierra había zozobrado bajo la inanidad del césped inglés; algunas malas hierbas, indómitas, emergían entre los parterres. Aspiró el aire seco, casi frío. Deseaba dejarse llevar por la brisa nocturna para unirse al magma de la vida, que en aquel momento estaba formado por voces, música lejana y ladridos de perros. Algún día, pensó, sería capaz de olvidarse de su individualidad, de su propio nombre, de renunciar a todo.

Santiago cerró la puerta tras ella. La siguió hasta el dormitorio.



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