
– Has bebido una barbaridad -dijo él por fin.
– Sí, ya lo sé; pero no te he hecho quedar mal, no te preocupes. Creo que he estado bastante simpática.
– Eso no es lo que me importa. Habías dicho que cuando estuviéramos en México…
– Me acuerdo de lo que había dicho, pero déjalo ya, por favor.
En aquel instante Paula hubiera querido con todas sus fuerzas que estallara una buena bronca de cónyuges repletos de alcohol, una escena hollywoodiense, un altercado de Hemingway y la generación perdida todos juntos y ebrios, con ataques violentos y puñetazos asestados en ambos sentidos… Pero no fue así, se hizo un silencio total y por la ventana entró una ráfaga fresca que invitaba a dormir.
Se había fijado en él la noche anterior, con detenimiento, con curiosidad. ¿Cómo reacciona un hombre cuya esposa organiza semejante vendaval? Paula, verborreica, divertida, brillante pero con dos visibles copas de más, se había prodigado en parlamentos cercanos a los de Groucho Marx, pasando con celeridad de un interlocutor a otro. Había bailado una extraña polka con el cónsul, incluso brindado con los camareros. Lo inquietante era que, mezcladas en el mare-mágnum de sus palabras, algunas frases denotaban obsesiones, fantasmas, tenían la dura piel de la desesperación. Se había fijado en Santiago con discreción, pero con deseos auténticos de observar su comportamiento, y en ningún momento pareció alterado.
