
Consecuentemente le preguntaron qué libro estaba traduciendo en la actualidad, y entonces pudo anunciar la buena nueva: «Selecciono y traduzco los diarios de Tolstoi. Es una larga labor, una labor seriada de muchos años, una especie de sacerdocio.» Solía funcionar, y funcionó también aquella vez. Los diarios de Tolstoi son cosa seria, nada de veleidades. Se necesita una extraordinaria concentración. Tolstoi es un padre de las letras universales y no admite trampa ni cartón. Estaba casi segura de que la dejarían en paz, y se sentiría libre para reivindicar su soledad, para no adscribirse a posibles movimientos amistosos que se generaran a su alrededor. Ninguna de las esposas de colegas podría sentirse ofendida, y si luego la descubrían en el bar o deambulando sin rumbo por los jardines de la colonia, siempre podía aducir que se las veía con un pasaje especialmente espinoso de los diarios, un párrafo que requería abstracción absoluta del mundo. Es sabido que la vida de Tolstoi no es como la vida de una cupletista, ni siquiera como la de un político.
Miró por la ventana a tiempo de ver cómo Susy estaba cruzando el jardín hacia allí. Era la esposa de Henry, el ingeniero más joven del grupo, ambos norteamericanos. Él trabajaba en la misma multinacional de construcción que Santiago y los demás. Había aterrizado en San Miguel desde Nueva York para unirse al equipo de técnicos españoles. Susy no tendría más de treinta años y era peligrosa, muy peligrosa. En aquel lugar y con aquella compañía no era arriesgado pensar que sus días transcurrían en el mayor aburrimiento. Ya había hecho un par de serios intentos de intimar con ella. Al parecer, Tolstoi no la había impresionado hasta el punto deponerla en fuga. Debería haber probado con algún santón americano: Wordsworth, quizá Whitman. Un peligro. Le abrió la puerta antes de que hubiera llamado y le sonrió sin vigor. Llevaba un plato en la mano, tapado por una servilleta. ¿Había sido capaz de traerle una especialidad culinaria confeccionada por ella misma? No podía creérselo, era demasiado estúpido para ser cierto.