
Paula soltó una carcajada seca, que podía significar sorpresa, pero Manuela siguió hablando como si no hubiera apreciado su reacción.
– Quién no ha leído Ana Karenina o Guerra y paz, y teniendo aquí a una traductora del autor, creo que sería un crimen que no nos dirigieras unas palabras sobre él. No pienses en un largo parlamento o en una conferencia formal, será suficiente con un acercamiento a su figura, a sus libros… ¡qué sé yo!
– ¡El bueno de don León! ¿Crees que es un tema adecuado, Tolstoi en México?
– ¡No puede haber otro mejor!
– Es una buena idea, creo que voy a pensarlo. Dame un poco de tiempo para decidirme, un día o dos. Quiero estar bien segura de que puedo abordar esa historia como conferenciante. No todo el mundo es capaz de hablar en público.
– Tú hablas en público muy bien. Además, aquí todas nos conocemos.
– Eso es verdad.
Le prometió pensarlo muy seriamente, se lo prometió. Mientras la estaba acompañando hacia la salida pensó que Manuela le había hecho esa petición para implicarla en la vida de la colonia. «Hablas en público muy bien», una alusión envenenada a su actuación la noche de la fiesta en el consulado. Esa mujer lista y experimentada comprendió esa noche que ella representaba un peligro potencial para el equilibrio interno de la colonia, y pretendían desactivarla, que entregara sus armas, domesticadas, a la comunidad. Al quedarse sola se dio cuenta de que había subestimado cuál era su situación allí. Naturalmente, ¡qué inconsciencia!, no era tan fácil permanecer aislada en un sitio como aquél. No se lo iban a consentir. No iban a dejar que apareciera de vez en cuando, montara un happening y luego volviera a desaparecer.
