
Se puso una chaqueta por los hombros y fue en busca de Susy, a la que encontró haciendo pesas en el gimnasio de la colonia, vacío, a excepción de la americana. Susy estaba sudando, enfundada en ropa deportiva de colores muy vivos. Tenía el labio superior perlado, soltó las pesas, la sonrió, levantó una mano:
– ¡Eh!, ¿te has decidido a hacer un poco de deporte?
– Sólo vengo para verte.
– ¿Cómo sabías que estaba aquí?
– Te he visto muchas veces viniendo hacia el gimnasio.
– Me gusta hacer ejercicio, sudar, sufrir un poco pensando que lo hago en beneficio de mi salud, por mi propio bien.
– Nunca he estado de acuerdo en que el sufrimiento nos aporte ningún bien, pero, en fin, tú sabrás lo que haces.
Susy la miró con curiosidad y una sonrisa franca le salió de dentro sin forzarse. Se sintió un poco orgullosa, era casi un honor que Paula hubiera ido a buscarla para charlar. Para ella, Paula había empezado a ser lo más original que andaba por la colonia, lo más subversivo e interesante, a millas de distancia del convencionalismo general.
– Me han propuesto que pronuncie una conferencia sobre Tolstoi para las damas de esta congregación. ¿Qué te parece, eh?
Susy no sabía qué responder. Ya sabía que Paula no se tomaba en serio ni siquiera sus propias cosas, pero aun así dudaba. ¿Aquella mujer rebelde y atractiva era de verdad capaz de destruir todo lo que llegaba a sus manos, incluso su actividad profesional? Si era así, eso la haría sentirse muy insegura en su compañía, ¿cómo abordarla, qué decir?
